uso de razón 9 Diciembre 2007
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Sin que sirva para expresión de comunión política alguna con el autor del artículo.
En las democracias, los grupos que forman la comunidad estatal suelen provenir de diferentes genealogías étnicas, con tradiciones distintas. De modo que la Ilustración propuso basar la unidad armónica de los ciudadanos en las normas presentes y futuras que podían compartir, no en los rastros del pasado distintos para cada cual. Como no eran iguales su memoria o su folclore, deberían serlo sus derechos y deberes (porque estos últimos atienden a lo común de todos, por encima de los caprichos atávicos que enfrentan a las banderías). Según este criterio, la libertad cívica es la proyección conjunta de opciones y garantías para todos los socios, mientras que el libertinaje es la obstinada reivindicación de la peculiaridad que no puede generalizarse ni comprende la virtud de lo general.
Y un punto en el que, expatriado, no me queda más remedio que coindicir (como atestiguan tantas tertulias aquí, a tantos kilómetros de distancia):
El ascenso triunfal del libertinaje político es particularmente notable en España. En todos los países que conozco, las leyes se promulgan tras un contraste de pareceres y debate parlamentario para marcar la directriz común a seguir. Pero entre nosotros las leyes no zanjan las polémicas, sino que las originan: que si deben cumplirse siempre o sólo en ciertos casos (hemos inventado la ley opcional, gran novedad), que si aquellos a los que no les gustan deben acatarlas, que si su aplicación depende de cómo marcha la política en cada momento, etcétera.
En fin, el artículo repasa varios puntos de actualidad en España, tomando posición en base en argumentos que unos en mayor, otros en menor medida, sí o no comparto. Pero que alegría encontrar un artículo con argumentos que atacar, desmontar, defender, sopesar…
¿existe españa?, y, de ser así, ¿cuántas? 13 Octubre 2007
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¿Cuál es el sentido de un estado? ¿Cuál es el sentido de una nación? ¿Es el estado el mejor instrumento para garantizar la inmanencia de una nación?
¿Qué pasa con las naciones que no tienen un estado? Temen perder su idioma, su cultura, su identidad (¿ejemplos? Los polacos durante los siglos en que no tuvieron un estado [1][2], los kurdos [3]…).
¿Qué pasa con las naciones que tienen un estado? Temen perder su idioma, su cultura, su identidad (¿ejemplos? La Alemania contemporánea [4], Francia hoy en día…).
Los islamistas radicales hacen estallar bombas a diestro y siniestro intentando expulsar la influencia occidental e imponer un modelo de estado-religión acorde con su tradición, los EE.UU. bombardean Afganistán e Irak para proteger su modo de vida (recordemos que el 11-S muchos ciudadanos de los EE.UU. no podían explicarse por qué alguien querría atacarlos, pues para ellos su país es el que mejor modo de vida ofrece en el mundo…).
Una pregunta más: ¿cuál es el sentido del estado en la Europa actual?
No hace mucho comentaba con una amiga serbia residente en España (a la que le gustaría trabajar para la Unión Europea, y que me confesaba que muchos serbios quieren formar parte de ella) el último intento de desmovilizar el proceso de definición del estatus del Kosovo. Llegamos a la conclusión de que, tal y como están las cosas hoy en día, la situación no dejaba de ser triste y dramáticamente irónica: la mayor parte de los habitantes de la región ven su futuro en el seno de la Unión Europea, lo cual a medio plazo supondría libertad de circulación en la región, cesión de un parte de las competencias de los correspondientes gobiernos a Bruselas, armonización de las legislaciones… convergencia en vez de diferenciación. Posiblemente, por su tamaño, la homogeneidad de sus recursos y de sus tradiciones, en un futuro, de estar integradas en la Unión, todas las entidades de la zona gravitarán unas entorno de las otras y todas alrededor de Bruselas y sus ciudadanos llevarán una existencia muy similar, serbios, montenegrinos, croatas, macedonios (…un momento, sólo hacer hincapié en que he dicho que llevarán una existencia muy similar, no que todos sean iguales; eso sí, sinceramente, creo que sus diferencias identitarias -historia, cultura- no van a evitar que mucho de su día a día administrativo, laboral, de ocio termine convergiendo…).
Siguiendo esta línea de razonamiento, y suponiendo que el proceso de integración fragua y la Unión Europea funciona de una manera razonable de aquí en adelante, pongámonos de aquí en treinta años… ¿qué pasaría si en ese momento Cataluña, el País Vasco, Galicia… y, si me apuráis, Andalucía, el País Valenciano… fuesen estados independientes? ¿Qué cambiaría, en ese futuro de 30 años, tal situación para el ciudadano de a pie? ¿Qué cambiaría en la práctica?
No pretendo hacer demagogia gratuita (sí meter un poco de cizaña, pero siempre de forma constructiva – es decir, mefistofélica). A última hora, a donde quiero llegar es a la siguiente conclusión: nos agarramos a conceptos, certezas que consideramos inmutables. Las consideramos inmutables porque nos falta perspectiva temporal. Queremos defender una cultura que no ha dejado de cambiar durante siglos. Si queremos que deje de evolucionar dejará de ser cultura. Pensamos que es natural tener un estado tal y como lo conocemos hoy en día para la ordenación de la convivencia. Lo damos por sentado. Y sin embargo, tal estado, como lo conocemos hoy, es un concepto elaborado en el siglo XIX.
Lo inteligente sería estudiar en qué formas va a evolucionar la situación actual y cómo podemos participar en esa evolución. Lo inteligente no es aferrarse a una forma de estado y de vivencia del cultura inmutable porque es un una contradicción en sí misma.
(…incompleto…)
rajoy: una, da igual de qué, pero solo una 13 Octubre 2007
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El líder de la oposición, Mariano Rajoy, consideró necesario, “por razones que todo el mundo conoce” (sic) regalar a los españoles una guía de uso de la fiesta del 12 de octubre. De su discurso cito:
“La bandera que aprobamos en 1978, la que exhiben nuestros deportistas con orgullo, la que cubre el féretro de nuestros soldados, la que saludan con respeto todos los jefes de Estado que nos visitan, el símbolo de España, el símbolo de la nación libre y democrática que formamos más de 40 millones de españoles, la bandera de todos, porque en ella estamos todos representados”
Como, por mucho que me empeñe con esta bitácora, no soy experto en política, ni en la teórica ni en la práctica, seguro que voy a andar equivocado, pero, ¿no es erróneo decir que una nación es democrática? Quiero decir, es mezclar un concepto que hace más referencia al problema identitario de un grupo de personas (que busca su definición en lo cultural, en la tradición, … véase por ejemplo una definición en el Léxico de Ciencias Políticas de la Central Alemana de Formación en CC.PP., primera acepción) con otro que es un forma de estado. Y pienso que es ahí por donde hace aguas toda la discusión.
Olvidémosnos por un segundo de la nación, o de las naciones, de su definición, de sus características y sus problemas. Hoy en día, en que el estado no viene definido por el ámbito de poder de un monarca o de un dictador, parece que es más lógico recurrir a la visión de que el estado es simplemente la forma de gestión en la que un grupo de personas acuerdan ponerse de acuerdo para regular la convivencia entre ellos. Un convenio. Un acuerdo. Un contrato. Algo que no es inmutable, que se queda anticuado, que debe renovarse, que debe recoger las necesidades actuales, que deber ser inexcusablemente dinámico para poder sastifacer las necesidades cambiantes de sus firmantes y establecer las obligaciones de unos para con otros. Encontrar el mínimo común denominador de estas obligaciones y maximizar el beneficio que obtengan sus firmantes de esa empresa común.
Visto de esta manera, un estado puede estar perfectamente formado por naciones diferentes que encuentran beneficio en una gestión integrada de sus recursos y sus potenciales. ¿No es esa la dirección en que camina Europa? Y tal vez sea este un magnífico ejemplo. ¿Deben compartir las naciones que formen un estado una cultura, una identidad común? Bueno, reconociendo que pertenecemos al mismo ámbito cultural que los polacos, no quisiera verme yo en una sociedad que toma posiciones discriminatorias contra parte de su población y en contra de lo establecido en la carta europea de derechos de los ciudadanos. Y sin embargo se negocia, y se negocia, y se remodela el marco de cooperación, se intenta llegar a un acuerdo, se intenta encontrar un ámbito en que haya más cosas en común que diferencias, se intenta convivir.
Querido señor Rajoy, don Mariano, el estado nuestro, tal y como está articulado, no es suficiente para “recoger” el hecho de la diversidad cultural en el territorio, no dan de sí las sisas y se abren los hilvanes hechos a toda prisa. ¿Ideas? ¿Ideas frescas?
Lo mismo se le debería pedir a todos los actores políticos, incapaces de ponerse unos guantes de amianto y agarrar la patata caliente. Pero ya que usted se a permitido hablar en nombre de todos los españoles, “yo estoy orgulloso de ser español, y sé que los españoles también lo están” (¿qué sabe usted de las cosas de las que los españoles estamos o no orgullosos?, defíname usted qué es lo que usted entiende por sentirse español, porque a ver si no estamos hablando de lo mismo), caramba, no se corte, a ver qué se le ocurre para negociar un común denominador con aquellos españoles, los de hoy, que no están contentos con esta España. El salvar las diferencias requiere estudiarlas y econtrar el ámbito en que pueden convivir, no es apisonarlas con un concepto monolítico de estado.
(editado el 21 de octubre de 2007)
más memoria histórica, a escala humana 7 Octubre 2007
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Buenos Aires, Argentina. La Armada abandona definitivamente la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada), símbolo del terror practicado de 1976 a 1983 por las Juntas Militares contra sus propios compatriotas. En el edificio se establecerá un Museo de la Memoria, cuyo objteivo será dejar constancia de la represión militar. Del asunto me llama sin embargo espcialmente la atención el último párrafo del artículo de El País de donde he sacado la información. Cito:
Cuando en 2004 la Armada salió del edificio principal, se encontró un escrito que dejó un cadete en su armario, consciente de que el edificio era un símbolo de la tortura: “No tuvimos que ver con lo pasó aquí, pero les pedimos perdón”.
a quién pertenece la memoria (histórica) 22 Septiembre 2007
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A pesar del título, la referencia no está en el debate actual sobre la memoria dudosamente histórica en España, sino en Canadá. Acabo de repescar un artículo de una edición atrasada del Berliner Zeitung que me está durando varios desayunos. Lleva por título (traducción libre) “Veteranos de guerra metidos a historiadores“. Básicamente, el artículo da cuenta de que el museo de la guerra de Ottawa ha tenido que cambiar los textos de los paneles informativos de sus exposiciones por la presión de las asociaciones de veteranos de guerra. Se trata de la Segunda Guerra Mundia, y en los paneles informativos se ponía en tela de juicio “el valor y la base moral” de los bombardeos estratégicos en los que perecieron más de 600.000 alemanes (civiles). Los veteranos estiman que la forma de presentar los hechos les deja como criminales de guerra y amenazaban con boicotear el museo. Piensan que se cuestionaba el sentido y la justificación moral de su actuación, que ellos consideran un servicio prestado. En primavera se encargó a un grupo de cuatro expertos, es decir, historiadores, que evaluasen la información de los paneles. Los cuatro dictaminaron que la información era correcta. Dos expresaron simplemente preocupación a la forma en que se había redactado la información. La decisión del museo fue la de mantener los paneles. Poco después, y a través de la comisión parlamentaria para los veteranos de guerra, estos consiguieron, ejerciendo presión política, que se cambiasen los textos. El director del museo dimitió. Una de las historiadoras del grupo de expertos, Margaret MacMillan, con enfado declara que “un museo no es un monumento memorial” y piensa que es un precedente peligroso que un museo tenga que plegarse a presiones políticas. Podría tener como consecuencia, en sus palabras, que sólo lleguen al público las opiniones de aquellos que más griten.
para qué hablar 25 Junio 2007
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Algunas veces se pregunta uno para qué se escriben determinados artículos. Muchas veces parecen una colección arbitraria de palabras para justificar la inserción de un titular, como si se supusiese que sólo se leen precisamente los titulares y se intentase instrumentalizarlos para hacer política, lanzar mensajes simplistas con ellos.
En este caso, ni siquiera el titular tiene mucho sentido: Rajoy pide a Zapatero que explique en el Congreso que las tropas están ‘en una guerra’ (El Mundo, 2007.06.25)
Vamos a ver, ¿qué necesidad de explicación hay? Técnica o legalmente no es una guerra. No hay dos naciones o dos bandos que se la hayan declarado y lleven a cabo acciones bélicas. Si lo que se quiere decir es que la zona es peligrosa y se corre el riesgo de sufrir un ataque, decir que las tropas están “en una guerra” es impreciso y lleva a equívocos por simplismo.
Cito:
El líder del PP, Mariano Rajoy, ha afirmado que las tropas españolas están en Líbano en un “escenario de guerra” y por ello es “absurdo ocultarlo para presumir de pacifismo”, por lo que pidió a José Luis Rodríguez Zapatero que comparezca en el Parlamento para explicar todo lo referente a su seguridad.
En su intervención ante la Junta Directiva Nacional del PP, Rajoy comenzó expresando su solidaridad a las familias de los seis soldados españoles, tres de ellos de origen colombiano, fallecidos el domingo en el Líbano en un “ataque premeditado” contra el vehículo blindado de una patrulla de la FINUL cerca de la ciudad de Jiamen.
Tras criticar que después de casi un año el Gobierno no haya comparecido en las Cortes para explicar la operación en Líbano, señaló que el Ejército “no es una ONG y la principal obligación del Ejecutivo es garantizar su seguridad”.
Sinceramente, me cuesta pensar que Rajoy se haya expresado en estos términos. ¿Qué quiere decir “estar en un escenario de guerra”? Legalmente, no hay una guerra declarada. Si lo que se quiere decir es que las tropas corren peligro porque se encuentran en una zona de conflicto, es toda una perogrullada: si no hubiese un conflicto, no habría necesidad de que la ONU mandase fuerzas de interposición. Además, las tropas han sido víctimas no de una acción bélica, sino de un atentado, que puede producirse también cuando no hay guerra declarada. Naturalmente el ejército no es una ONG, por eso su función en el Líbano no es la de repartir mantas y bocadillos sino la de garantizar que se respetan los términos en los que se ha establecido el alto el fuego entre las partes implicadas. Se trata de una misión de pacificación y no de pacifismo, y por ello se necesitan fuerzas armadas y no ONG’s. Otra cosa es que discutamos si queremos participar en tales misiones auspiciadas por la ONU y en qué condiciones. Pero discutir usando conceptos claros y no cortinas de humo.
Por otro lado, convendría que el presidente del gobierno fuese más explícito en sus declaraciones, precisamente para evitar estos batiburrillos absurdos.
Quede aquí constancia de la condolencia a los familiares de los militares fallecidos y apoyo para los heridos en este ataque, por parte de alguien que duda de la efectividad a largo plazo de las acciones armadas, pero al que no le son ajenas las circunstancias personales de aquellos afectados.
desencanto 21 Junio 2007
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Hace unos días escribír sobre la militarización del concepto “Transición” por parte de la clase política española. Hay otro concepto que, más entre autores extranjeros que en las publicaciones nacionales, me da la impresión, empieza a asociarse con aquél. “Desencanto”. Recientemente, un artículo de Josep Ramoneda me llevó a reflexionar sobre ese desencanto, especialmente en la diferencia entre lo que yo experimenté a nivel personal y lo que se designa con tal palabra hoy en día. A mí me queda una sensación de desencanto, con una carga no pequeña de rabia, de aquel tiempo. Mi familia, como otras muchas de la capital castellana en la que crecí, venía de trabajar en el campo para trabajar en las nuevas factorías de la ciudad. Se votó socialista porque se pensaba que por fin alguien iba a gobernar teniendo en cuenta las necesidades de los trabajadores, a mejorar nuestras condiciones de vida. La primera señal fue el cambio de rumbo en el referendum sobre la OTAN. Después vendrían años de cierre de empresas, bajas incentivadas acompañadas de presiones indecentes a los empleados, y un impacto social devastador del que nadie se ha ocupado hasta ahora (salvo, tal vez, tímidamente, poniéndose los lunes al sol), en gran parte justificado con la necesidad de ajuste a Europa. En un primer momento sentía rabia, sentía que nos habían traicionado, precisamente aquellos de quien más esperábamos que nos ayudasen. Engañados vilmente. Sentir, por ejemplo, que nos habían metido en Europa con el único caramelo de reafirmar una identidad cultural y volver al espacio que nos correspondía, pero ocultándonos los sacrificios que la economía debía sufrir, que eran los sacrificios que la gente de la calle debía sufrir. ¿Quién, de los que tomaron las decisiones, de los que llevaron el timón durante el proceso, ha salido perdiendo?
Pero, después, con el tiempo, e intentando informarme y comprender, veo que ese sufrimiento era tal vez inevitable, que la sociedad necesitaba evolucionar y reestructurarse con una velocidad de vértigo, que la brecha económica y productiva tenía sus raíces mucho más atrás y que el ajuste era necesario y necesariamente doloroso. Tal vez el gobierno socialista no tuvo otro remedio, tal vez incluso hizo, teniendo en cuenta la tesitura, un buen trabajo. Hoy en día casi me conformaría con que el PSOE se identificase con su tradicion socialdemócrata filoburguesa y dejase caer, si acaso tienen algo de vergüenza torera, el calificativo de “obrero” de su nombre.
Me doy cuenta que el desencanto de los últimos años, el mío y el que he visto a mi alrededor, venía de aquellas cosas que esperábamos por fin alcanzar, o mejor dicho, que nos dieran, y que nunca nos quisieron dar. Y que hoy pienso que tal vez eran inalcanzables. Hoy me doy cuenta de que el desencanto es otro. Es el de haber perdido una oportunidad única. El de haber perdido la oportunidad de poner la semilla de una sociedad que, en vez de esperar que le gobiernen de una u otra manera, tome consciencia de que ella es la que gobierna. Hoy me doy cuenta de que no es tan importante que el PSOE cambiase de idea en el referendum de la OTAN, sino que volviese la espalda a la sociedad, que, por ejemplo, después de haber aprovechado un incipiente movimiento asociacionista a nivel vecinal se lo cargase después de haber alcanzado la alcaldía.
Cito a Ramoneda:
Con González en La Moncloa, el nuevo régimen había completado, con la alternancia, su legitimidad. Y la izquierda quedaba definitivamente incorporada. El proceso tomaba un ritmo claro: paz interior e incorporación plena a Europa. El precio tuvo un nombre: desencanto. Pero el país puso una velocidad de crucero que le ha hecho atrapar en muchas cosas a países vecinos que nos llevaban larga distancia. Si un reproche de fondo se le podía hacer al PSOE en sus años de gobierno es no haber dotado a este país de la cultura democrática de la que carecía. Felipe González impuso la normalidad democrática antes de que hiciéramos el aprendizaje. Y este lastre se sigue arrastrando.
El gobierno socialista perdió la oportunidad de que los jóvenes de hace 20 años empezasen a acostumbrarse a participar, tomar decisiones, aprender lo que es la democracias, que no es otra cosa que participar y asumir la responsabilidad de su autogobierno. Es, en cierto modo, culpable de que hoy en día las reacciones de la sociedad ante los temas políticos sean casi iguales a las de hace 30 años, de que aún se puedan dogmatizar conceptos que nos pertenecen a todos y se usen como arma arrojadiza en la arena política, de que aún se pueda instrumentalizar a la gente con palabras huecas, de que la gente de ventipico años reaccione como si tuviese sesenta.
mi reino por un abogado 4 Junio 2007
Posted by zascandil chico in fuera de juego, tao y razón de estado.1 comment so far
Cito:
De lo que deduzco yo, mortal común, que basta con ser peligroso para que te tengan que encerrar. Que no es necesario cometer un delito, sino expresar la voluntad de quererlo cometer, para que te encierren. Que no importa bajo qué condiciones se haya conseguido esa declaración para que se tenga en cuenta como verdad fehaciente.
¿No va todo esto contra el estado de derecho? ¿Hay algún alma versada en los vericuetos legales que nos ilumine?
Sigo citando:
En la misma línea, Rice defendió que “Estados Unidos es el mayor defensor de los Derechos Humanos en el mundo” e incidió en que el Gobierno de George W. Bush lo que hace en Guantánamo “es proteger a los inocentes”.
“Todos los años somos nosotros los que intentamos que en el mundo se respeten los Derechos Humanos, en Cuba, en Birmania, en Bielorrusia. Luchamos para que los terroristas no hagan lo que han hecho en EE UU o en Madrid, segar la vida de inocentes”, enfatizó. Por ello, consideró “un gran error” comparar los abusos de derechos humanos en el mundo con Guantánamo.
A mí no me salen las cuentas. Supongo que a esta mujer la habrán dado información del país al que va a visitar… Que se la habrá estudiado… ¿Habrá llegado a la conclusión que el nivel de formación del pueblo llano español y su capacidad de dejarse embaucar es la misma que la del estadounidense? Sea cuales sean, no ha hecho los deberes y debería repasar las cuentas, las suyas. De lo contrario, no se permitiría la desfachatez de decir “La retirada de tropas de Irak se hizo muy deprisa y sin avisar a los aliados“. Señora mía, con más del 90% de país en contra, y a pesar de lo que decidiese el que en ese momento fue su presidente, este país no quería tener tropas allí, este país no era su aliado.
entelequias 13 Mayo 2007
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Nunca fui un estudiante modelo, así que sólo recuerdo difusamente que en las clases de química nos contaron de la existencia de los llamados estados de transición, a última hora compuestos químicos bien caracterizados y de entidad propia, que sólo existen efímeramente, pero que son indispensables para que se lleve a cabo una reacción química, es decir, que de unos reactivos se llegue a unos productos, compuestos químicos completamente diferentes de los de partida, pasando por ese punto intermedio que es el estado de transición.. Estos estados, moléculas de hecho, tienen una vida fulgurante, tanto que es casi imposible detectarlos. En principio, hay que recurrir a ecuaciones abstractas y a los principios de la mecánica cuántica para darles carta de naturaleza. Parece una cuestión de fe. Por fortuna, la ciencia no es una religión y dispone de criterios aceptados por todos para decidir aquello de lo que nos podemos fiar y aquello de lo que no conocemos suficiente. Entiéndaseme, no quiero aquí volver al manido debate que opone la una a la otra, no me importa admitir que la religión puede servirle a uno para aliviar los golpes del destino y a mantener una actitud positiva en la vida, tan necesario. Pero mientras la una se basa en la certeza que da el contrastar sus enunciados e intenta formular conceptos sin ambigüedad, a la otra no le salen las cuentas -sí, habéis acertado, estoy pensando en la “santísima trinidad“.
Y no, no acertáis si pensáis que voy a dedicarme a la crítica de la religión. Pero sí de los hábitos que ésta genera. Las sociedades de tradición judeocristiana, y sin pretender que sean las únicas, tienen una poco saludable tendencia a estructurarse en una clase de iniciados y una multitud de desinformados. Asimetría que usan los primeros para precisamente elaborar conceptos de un contenido vago y multimorfo, de difícil explicación, pero que manejados con habilidad sirven de casa común para los miedos y las esperanzas sin respuesta de los desinformados y actúan como camuflaje perfecto de las intenciones de los iniciados, que no es otra que la de usar dicho concepto, casi dogma, para instrumentalizar precisamente esos miedos o esperanzas al servicio de sus intereses -y sí, habéis acertado, estoy pensando en algo tan trivial como el infierno.
La efectividad del camuflaje es tanto más efectiva cuanto más intenso sea el miedo, la ansiedad o la esperanza que el concepto aglutina y cataliza. La estrategia es equivalente a poner un objeto bajo un potente proyector, de forma que la luz intensa, a la vez que atrae nuestra atención sobre el objeto, nos permite sólo reconocer su contorno pero no distinguir sus defectos.
Eso es lo que está sucediendo en la escena política española con la “Transición”. Estoy casi convencido de que, a pesar de que la mayor parte de la población actual ha vivido este periodo, la invocación de la Transición en términos simplistas, como decir que es el evento más positivo de la historia política y social española, que ha servido de ejemplo en todo el mundo… etc… , ha hecho el efecto de proyector luminoso de alta potencia que nos la hace visible, presente, pero que evita que reconozcamos sus detalles.
Una parte de la clase política pretende seguir esta “estrategia del proyector”, que en su caso usa no la intensidad de la luz sino el volumen de sus declaraciones, para fosilizar la Transición en un evento histórico y por lo tanto de aspecto perfectivo e inamovible, y, lo que más les interesa, incuestionable. Se asegura así de que mantenga su valor instrumental como casa común de ciertos miedos imprecisos de la sociedad española, entre otros, el miedo a que se vuela a producir un enfrentamiento entre españoles.
Recientemente, como comentario al pacto entre PSOE e IU que desbloquea la tramitación de una ley que me resisto a llamar de la “memoria histórica”, uno de los diarios de tirada nacional tituló en portada “PSOE e IU ignoran la Transición y pactan ilegalizar los juicios del franquismo“. Yo esperaba encontrar en el artículo del mismo título en el interior la explicación de cómo la ilegalización de los juicios del franquismo supone ignorar la transición. O más aún, por qué supone, como dice el PP, “derribar el pilar fundamental de la reconciliación de los españoles”.
En el artículo no hay explicación que valga. Simplemente se yuxtapone la afirmación con citas tomadas del texto del borrador de la ley. Por lo tanto habrá que deducir que es la ilegalización de los juicios la que supone ignorar la Transición.
El artículo empieza así:
El espíritu de concordia y reconciliación que dio lugar a la Transición democrática hace ahora treinta años se ve seriamente amenazado. Los socialistas del PSOE y los ecocomunistas de IU dieron ayer un importante paso en esa dirección al pactar un nuevo texto de la llamada ley de «memoria histórica» con la que pretenden que el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional, declare «ilegales e ilegítimos» los tribunales y las condenas dictadas por estos durante la etapa del franquismo.
Se citan tres párrafos del borrador de la ley, en los que se detallan qué juzgados y consejos de guerra se declaran ilegítimos y se especifica que se trata de declarar ilegítimas aquellas condenas y sanciones dictadas por motivos ideológicos o políticos. En concreto:
«se declaran ilegítimas las condenas y sanciones dictadas por motivos ideológicos o políticos por cualesquiera tribunales u órganos penales o administrativos durante la dictadura contra quienes defendieron la legalidad institucional anterior, pretendieron el restablecimiento de un régimen democrático en España o intentaron vivir conforme a opciones amparadas por derechos y libertades hoy reconocidos por la Constitución»
Creo que aquí se cifra el objetivo que debería ser el de esta iniciativa: restituir el nombre de aquellas personas que fueron juzgadas por delitos que hoy, en un sistema democrático que integra entre sus pilares fundamentales el respeto a los derechos humanos, no lo son. Aquellas sentencias son, de hecho, una violación de los derechos humanos.
Es sorprendente la forma tan diferente de abordar este tema de un país a otro. Recientemente surgió una seria polémica tras las alabanzas vertidas por el actual presidente del estado federado alemán de Baden-Würtenberg en el funeral de Hans Karl Filbinger, que detentó el mismo cargo hasta que se vio obligado a dimitir cuando salió a la luz que había sido juez militar durante el régimen hitleriano, responsable varias condenas a muerte y ejecutor de al menos una de ellas. Mientras que todavía se discute acerca de la necesidad práctica de haber conservado en la posguerra gran parte de la judicatura de dicho régimen totalitario, parece que nadie pone en duda la ilegitimidad de sus actuaciones legales durante la dictadura, especialmente aquellas que atentaron contra los derechos básicos, ni la necesidad de restituir al menos el nombre de las víctimas. De hecho, su posición fue insostenible después de haber declarado “lo que en aquel momento era legal no puede ser hoy ilegal“.
En cualquier caso, es un tema sobre el que se debate en todas las instancias sin que se sienta que con él se pone en peligro la estabilidad democrática alemana. Y la razón es, fundamentalmente, que el actual sistema político alemán no pierde su legitimidad al reconocer y promulgar que el régimen nacionalsocialista era eso, una dictadura y por lo tanto, carente de legitimidad. Y mucho menos compromete la estabilidad de su democracia.
De hecho, resulta paradójico pretender que un sistema político pierda su legitimidad si precisamente denuncia la ilegitimidad de un régimen con el que no comparte ningún valor social o político.
Sin embargo, el artículo, junto con otro de opinión en la misma edición, va más allá y da a entender que el declarar ilegítimos los juicios del franquismo supone restar legitimidad fundacional al sistema vigente. Aparentemente cualquier intento de revisar los términos que se pactaron para llevar adelante la transición privaría al sistema actual de su legitimidad. Pero, ¿no es en sí una actitud soberbia el pretender que la sociedad actual no esté en condiciones de afirmarse en los valores por los que se rige y ajustar su contexto social, político e histórico a los mismos? ¿Quién va a defender la postura de aquellos que no quieren que se revisen los juicios? Digamos que ponemos en entredicho alguno de los contenidos pactados a finales de los setenta. ¿Y qué, qué puede pasar? ¿Quieren decirnos que si renunciamos a lo pactado colapsaría el sistema político actual? ¿Por qué? ¿Habría gente que llegaría a hacer uso de la violencia para defender aquellos pactos que quedasen sin valor?
Una vez más: esos pactos fueron fijados en una situación totalmente diferente a la de hoy, una sociedad completamente diferente a la de hoy. ¿Por qué no dejar que la sociedad actual elija sus valores, incluso si eso supone renegar de algunos de los acuerdos que se pactaron en la transición? ¿Es que son sagrados? ¿No se pueden someter al escrutinio de la razón?
La reacción del PP consiste en afirmar que declarar ilegítimos los juicios del franquismo en los términos fijados en el borrador de la ley supone “derribar el pilar fundamental de la reconciliación de los españoles”.¿Qué reconciliación se pone en peligro?
¿La de los españoles de 1975?
Eso supone reconocer que había una fractura social que el régimen sólo pudo reprimir, no subsanar y mucho menos reconciliar. Así que, si la armonía entre los españoles es tan preciada, ¿no habría que tomar distancia de ese régimen que, puesto que en treinta años no supo eliminar esa fractura, la alimentaba?
¿La de los españoles de 2007?
Eso supone afirmar que existe actualmente una fractura social que sigue la misma topografía espiritual que la de 1936, la cual, a su vez, era simplemente la prolongación de la inveterada fractura social cuya falla se puede seguir al menos hasta el siglo XIX. Recordemos que la mayoría de los historiadores serios atribuyen el potencial que dio lugar al conflicto a las desigualdades económicas y a los desequilibrios sociales enquistadas en España durante decenios, siglos. Desigualdad abismal en la repartición la riqueza, una economía anclada en la agricultura, una industrialización “interrupta” que no bastó para dar a luz a una clase media con voz propia, una relación casi feudal entre dueños de los medios de producción y trabajadores, una sociedad marcada por el analfabetismo de la mayoría y la falta de cultura política de todos… La situación política proporcionó más bien el detonante, no las razones. ¿Existe hoy en día una diferencia ideológica y social tan grande en España como para causar un conflicto?
Por más que todos nos acordemos de los camiones de verduras españolas volcados por los agricultores franceses y de cómo nos llevaban los demonios, España dejo de ser un país agrícola ya en los años 70 (menos del 7% del PIB). El sector industrial se convirtió en cenizas con el proceso de integración europea, y con él el campo de cultivo de posibles movimientos sindicales con algún calado social. Hoy día parece que lo más parecido a un proletariado sea una enorme masa de gente con títulos universitarios, varios idiomas y una nómina de algo menos de 1000 euros por mes. Todo el mundo tiene acceso a la alfabetización. Las diferencias de renta entre las diferentes clases profesionales y sociales (promotores inmobiliarios aparte) no son abismales. Por más que nos queramos ver como barcelonistas o madridistas, de (aparentemente ) izquierdas o (aparentemente) derechas, de café solo o de cortado largo de café, la verdad es que la vida de la mayoría de los ciudadanos españoles se parece, en su formación, ingresos, valores e ideas, una a otra como gotas de agua. A mi juicio, en el momento actual no hay factores suficientes para generar un conflicto y mucho menos para delimitar alguna fractura económica, social o cultural clara. A menos que se exacerbe artificialmente. ¿Y no podría ser eso lo que está pasando? ¿Que, irresponsablemente, ciertos actores políticos se sirvan de viejos fantasmas embusteros para crear una división en la sociedad que ya no está ahí?
Es deleznable conjurar el espectro familiar de las dos Españas, amenazar con un nuevo enfrentamiento entre españoles. Hablar de poner peligro la reconciliación da por sentado que existe el potencial de un conflicto en la sociedad española. Tienen entonces la responsabilidad de decir claramente dónde se encuentran las raíces del mismo. De lo contrario, están insultando a la gente que habita hoy en día en España, puesto que, a falta de una razón para fundamentar una posible confrontación, tal afirmación hace pensar que el enfrentamiento es algo que los españoles llevan en los genes — eso y no otra cosa es el mito de las dos Españas. Lo cierto es que la ignorancia de la población permitió que los bandos del momento se aprovechasen de ella en su enfrentamiento particular.
Los españoles han cambiado, la sociedad ha cambiado, debe llegar el momento en que esta sociedad asuma la responsabilidad de gobernarse y enuncie sus valores y sepa distanciarse de aquellos acontecimiento históricos que, si bien propios, no participan de su espíritu actual.
Se habla de poner en peligro el consenso entre los españoles, de que haya bandos que sean o puedan llegar a ser irreconciliables. Yo, que tenía 9 añitos cuando se votó pasar a un sistema democrático, no termino de entenderlo. He crecido pensando que vivía en medio de un pueblo orgulloso de detentar su propia soberanía y elegir a sus representarse, orgulloso, en fin, de gobernarse. He crecido con la referencia de unos valores comunes – derechos básicos y fundamentales – que nadie pone en duda, todos los compartimos, ahí no veo bandos por ninguna parte. Derechos básicos y fundamentales que fueron negados por la dictadura. No entiendo por qué la legitimidad de este sistema puede compatibilizarse con no condenar el régimen anterior.
Y de ninguna manera veo que la legitimidad del sistema actual – legitimidad que se basa en la aceptación por parte de todos los ciudadanos del país de sus valores fundamentales, legitimidad que hoy en día surge de los propios ciudadanos, no deberían necesitan un consenso fabricado por políticos de espalda a la gente, como durante la Transición – deba ser ni aun parcialmente una continuación de la legitimidad del sistema anterior, con el que tal vez comparte una tradición cultural y una historia común, eso no lo voy a poner en duda de ninguna manera, pero que se edifica sobre un terreno político completamente diferente.
En fin, o bien la transición ya se ha cerrado y estamos en una situación diferente a la del final de la década de los 70, y deberíamos fijarnos entonces en lo que necesita la sociedad de hoy sin imponer dogmas que sean un obstáculo para llevar adelante el desarrollo democrático de la sociedad, o bien no se ha cerrado aún, es decir, la transición es un proceso en curso, entonces como tal mutable en todas sus partes y lo que deberíamos hacer es entender de dónde partió y preguntarnos a dónde queremos que nos lleve.
En ambos casos se me antoja necesario confiar en el espíritu científico para ubicar el bienio constituyente en la categoría los estados de transición, usando para ello la caracterización, el contraste de los diferentes estudios y opiniones, el debate a pecho descubierto, y sacarla del limbo de las amenazas imprecisas, del dogmatismo amordazador. Sacarla de la luz del foco y ponerla al microscopio.
Han pasado sólo 30 años, tal vez parezca poco tiempo para dejar en manos de los científicos, es decir, los historiadores, este estado de transición, efímero, pero lo que sí es cierto es que hay que evitar que los políticos se erijan en sacerdotes que lo conviertan en una entelequia trinitaria y lo instrumentalicen para cegar a sus adeptos.
entropía trágica y globalización 31 Agosto 2006
Posted by zascandil chico in fuera de juego, tao y razón de estado.1 comment so far
Esta mañana, con la radio puesta durante el desayuno, he estado escuchando al vicepresidente de asuntos exteriores alemán relatar cuál va a ser la contribución de la República Federal de Alemania a la ayuda al Líbano que se va a pactar a partir de hoy en la conferencia de donantes que se celebra en Estocolmo. Asimismo ha estado analizando en qué se va a gastar el dinero donado. Entre otras cosas en la reconstrucción de infrastructuras en el Líbano, destruídas durante los ataques israelíes. El viceministro comentaba también que Alemania contribuirá directamente en la limpieza de la mancha de petróleo causada por el bombardeo de una refinería en la costa, y hacía hincapié en la importancia que tiene para que el turismo vuelva, puesto que es una de las fuentes principales del país, y lo que se busca es ponerle lo antes posible en situación de poder valerse por sí mismo.
No puedo evitar el pensar que todo el maldito asunto al final se resume en que está fluyendo dinero del contribuyente de a pie en los bolsillos de los fabricantes de armas. Y todo absolutamente legal, no estoy hablando de traficantes de armas o corrupción. Un país decide iniciar una guerra, compra armas para ello y las emplea fundamentalmente para causar el mayor daño posible al país contrario sin con ello alcanzar de forma efectiva sus objetivos militares (y permítaseme utilizar la argumentación del mayor daño posible, puesto que de otra forma es difícil explicar el uso de armamento prohibido, y más teniendo en cuenta que se usó en los últimos momentos del conflicto, cuando ya se sabía que no se iba a obtener ningún avance por medios militares). Y se reconstruye con dinero de terceros, nosotros, que no tienen medio de, al mismo tiempo, influir en las decisiones de aquellos que causan el conflicto (y que lo gestionan de forma absolutamente errónea y con manifiesta falta de criterio, tanto que ni siquiera en su propio país cuentan con el apoyo de su gente). Me parece un nuevo ejemplo de la asimetría postulada por estadistas neoliberales y no tanto, en el que se distribuyen ahora de forma global las cargas pero no la potestad de exigir responsabilidades a quienes toman las decisiones.
La termodinámica postula que la energía no se crea ni se destruye, sino sólo se transforma. No resulta ni siquiera elegante aplicar la analogía al movimiento del dinero, se podría decir que el dinero ni se crea ni se destruye, sino que pasa de unos bolsillos a otros. Lo curioso es mientras que la transformación de la energía siempre es de un nivel más energético a otro menor, el dinero parece siempre terminar en los bolsillos de los que más tienen.
La termodinámica también postula que en toda transformación energética hay una cierto porcentaje que se transforma en por así llamarla una forma de energía, la entropía, de la que ya no se puede transformar en otra energía útil, de modo que es, en cierto modo irrecuperable. Siguiendo la analogía, parece triste constatar que en el transvase del dinero, la entropía generada son las vidas de las víctimas del conflicto, una pérdida igualmente irrecuperable.
